Azul

Fija la RAE
que es el color del cielo sin nubes
o del mar en un día soleado.
Pero azul sería también la foto
que me enviaste de Copenhague.
Y las grúas en ella
en aparente movimiento
seccionando una niebla infinita
que entorpece el amanecer,
pero no impide la incipiente claridad
−granulada y azul−
que deshace toda sombra inhabitada
como si un papel de lija azul
o una tormenta de arena azul monocromática
se sostuvieran en el cielo.

Y azul sería en primer plano
el color del puente
sobre el canal azuloso,
donde circula un autobús casi vacío
a punto de salirse de la foto
que te imagino tomando de repente, detenida,
porque la marabunta de edificios azules
cimentada frente a ti
te haya recordado aquel amanecer
que nos sorprendió en la calle
y me preguntaste,
si lo que ocurre con los pájaros
es que se han acostumbrado a huir
o dedican su vida a encontrar un hogar.

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Amarilla como la fiebre

Aproximadamente,
arriesgarme a sostener tu cabeza
es recorrer el camino
que une el aire a tu perfume.
Es fracturar el tiempo
y recogerlo gota a gota,
para introducirlo luego
como un veneno
en cicatrices
dejadas en mi piel
por el vendaval
que provoca la voz
arrojada por tus pulmones.

Aproximadamente,
hablarte es hundirme
en el inmenso color rosa
que sostienes en la boca
y exhibes ferozmente contra mí.
Un rosa destilado
de mi pánico por probarlo siempre,
tan húmedo y jugoso
sobre ese punto exacto de ti.

Y respirar es absorber
el aire blanco despedido
por los jazmines,
una noche azul y fibrosa
de agosto
que se desploma de lleno
sobre esta cama que no te incluye.
Es no suponerte pensando en mí
mientras comes, mientras respiras,
mientras duermes y das vueltas
dentro de mí.
Ni imaginarme tan atrapado
en esta conversación
abarrotada de palabras que ocultar,
ni amarilla esta fiebre
que me consume.

Deposición de materiales por evaporación

No hay nada mejor para un sábado por la mañana
que desayunar con un choque de trenes en el televisor.
Hablamos de un accidente terrible
que te impida mojar el cruasán en el café -por un momento.
Y qué decir si en lugar de un incidente de tipo mecánico,
se trata de un atentado en una capital. Una muerte así de insaciable
que se propague irremediablemente como un huracán,
desperdigando sangre y ropa por el suelo
-porque los muertos pierden siempre la ropa.

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Precipitaciones en el norte

Cada noche empeora la anterior.
Una muchedumbre descontrolada
abarrota las calles,
algunos se paran y gritan a las cámaras,
otros corren convertidos en terror.
Pero a este lado
del televisor el silencio
no muestra debilidad.
Se ensaña y no se detiene
porque el silencio aquí
es radical.
Se encierra en el salón
y como un musgo
se aferra a toda su anatomía
de cemento,
aguardando serenamente
para acorralar
cada conversación.
Incluso puede ser mucho
más cruel
y como si un esmalte
se adhiriese a una garganta
y esta garganta fuese
de porcelana,
la asfixiase.

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En orden decreciente

Lo haré,
aunque primero
déjame terminar a solas
esta copa
y sentir por última vez
el suelo tan endurecido
sin alfombras,
y manosear con suavidad
un poco más este sol
que prende fuego a la calle
restregándose por las copas
más altas
de los edificios y los cristales,
desangrándolo todo, anaranjándolo
antes de entregarme
a toda la sed
que te prometo.

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